Me enamoré. A regañadientes y ocultándome –lo- por momentos, escondiéndote debajo de la almohada como el diente que dejó el niño de cinco años (el que una vez fuimos).
Entraste. Y sin saber cómo ya te encontrabas bailando dentro de mí. Sin siquiera darnos cuenta nos tomamos de la mano y bailamos, por un instante tal vez, pero lo hicimos. Derribaste el muro que sin desearlo he construido, que sin quererlo lo amoldaste a tu forma, dejando una ventana pequeña para entrar saltando, para liberarme y saborearme un poco –más-.
Entraste. Y sin saber cómo ya te encontrabas bailando dentro de mí. Sin siquiera darnos cuenta nos tomamos de la mano y bailamos, por un instante tal vez, pero lo hicimos. Derribaste el muro que sin desearlo he construido, que sin quererlo lo amoldaste a tu forma, dejando una ventana pequeña para entrar saltando, para liberarme y saborearme un poco –más-.
Me enamoré con el alma; de tus letras y a través de ellas. De palabras mal acomodadas y textos llenos de erratas. Errados; fuimos tal vez, pero fuimos. Y eso es lo que nos queda, lo que saborean nuestros labios y la existencia que aún aguarda nuestros brazos, probándonosla con el primer abrazo, que sin siquiera haber pronunciado nuestros nombres nos llamó. Y es que parece que en otra vida ya nos habíamos encontrado, y con antojo de regresar a ella nos habíamos quedado.
Me enamoré como lo hacen las mujeres lunáticas, sabiéndote en muchos lados pero no conmigo. Imaginándote como te creía y como bien después me fuiste. Y eso es lo bello, que me fuiste. Sin quererlo y con dificultades que mi ego interponía, con piedritas que el Señor Tiempo creaba y nosotros creíamos. Que ingenuidad la nuestra al creerlos y aún peor creernos a nosotros nuestros.
Me enamoré a deshoras y destiempo, tarde y en mal momento, (tal vez). Pero ya me disculparás, siempre ando corriendo llorándole al tiempo, no sé hacerlo de otra forma. “Me enamoré” dijiste, y aún me cuesta creerlo. Y sin saber cómo sucedió, calló como lluvia inesperada de marzo. Nos empapó. Poco tal vez pero lo sentimos. Y de tan impuntual pareció preciso; y aunque en muchas ocasiones parecíamos ir a destiempo, esto nos hacía ser puntuales y no desear irnos.
Nunca ninguno de los dos comprendió al otro, ni su forma de querer con exactitud. Existimos, a destiempo y en sitios atemporales muy reales, pero fuimos y también nos fuimos. Y es que hoy llego a la conclusión que aunque muchas cosas sucedan no son. Que no porque algo esté para darse significa que vaya a ser: Llegar no es quedarse.
Te quise, con cada beso y en cada uno de los abrazos. Dentro de mí y aún lejos de ti. Me vi en tus ojos y me refugié en tu pecho, tanto que me supo bien. Creaciones de mi cerebro, tal vez, pero lo fue, y exististe. Aun cadáveres, reímos, nos tocamos, felices fuimos, nos sentimos: Vivimos.
Y después de una año lleno de vaivenes, de cuatro estaciones y múltiples lunas llenas nos llamamos; por nuestro nombre y “mi amor”, sin siquiera tener la certeza de lo último. Y tengo la creencia de que te quise y te dejé entrar. Que sin tú saberlo bailaste y dormiste dentro de mi pecho y a lo largo de mis piernas. Que a mi modo, a regañadientes y en silencio me enamoré de ti; te quise como nunca lo imaginé y como nunca he querido a alguien. Y tal vez lo mío fue sentimiento y no acción, y lo creo así la mayor parte del tiempo. Que como viento invisible te di afecto y me enamoré de ti tirando las hojas del árbol que al parecer no pudimos ver. Que sin etiquetas y como pude entenderte te acompañé, te di mis insomnios y mis letras. Te di mis tardes y mis mañanas ocupadas, la entrada al cuerpo que baila y se quebranta, que es pero no se llama.
Te sentí y a través de ello me sentí. Y que dichosa he de reconocerlo, que aún en silencio ambos gritamos y nos dijimos tanto. Tal vez tú no a mí, ni yo a ti, pero sí a nosotros mismos; fuimos, existimos. Y no sólo para nosotros, también con nosotros.
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