Son las doce con diez y seis
minutos y no sé si es sábado o ya domingo, pareciera que me encuentro en la infinita
duda de: ¿Cuándo empezó y qué era?
Al parecer hoy fue el final de
eso que no tengo idea de qué fue, ni cuando empezó. No cabe duda que hay
ciertas situaciones que comienzan sin darte cuenta, que cuando abres los ojos, ¡pum!
Ya las tienes más que de frente. ¿Qué tan complicado puede ser eso? ¿Qué tanto
pueden complicarte las cosas? Es claro que eso depende de la situación en la
que te encuentres y seamos sinceros sólo a las personas perdidas por así llamarlas les pasa. A esas personas que se
encuentran armadas y no saben ni por qué o por quién pelear. Y ahí es donde
cabe la importancia de saber qué es lo que queremos, y de estar conscientes en
dónde y qué estamos haciendo. Porque si no lo sabemos simplemente no llegaremos
a un lado.
Hoy nadie me puede venir a decir
que yo soy la vacía que seguramente no sé hablar de mi corazón pero como se supone que llegaré al cielo en que
andas si ni siquiera sé por cual camino vas. Nada nos puede complicar más
que el no saber que queremos, el no estar conscientes de lo que necesitamos
para poder tener y/o hacer lo que queremos. Y el cuento que “lo que necesito NO
es lo que quiero”, se esfuma en cuanto tú tomas conciencia de dónde y cómo estás, dándote cuenta de que realmente
estás haciendo. Dándote cuenta realmente de que es lo que quieres y que debes
hacer para obtenerlo de cierta forma.
Yo no sé con exactitud que era,
pero hoy estoy consciente que tú ni siquiera sabías cuándo comenzó lo cual lo
hace peor de cierta forma. Porque aquí es donde la “duda”, el no saber qué es
lo que se quiere te hace preguntarte: ¿Qué es lo que estoy haciendo? Te hace
terminar algo que ni siquiera permitiste empezar bien, realmente.
Hoy ya son las doce con cuarenta
minutos y no sé si es sábado o domingo. Hoy me encuentro en una noche en la que
no sé si realmente exististe o sólo fuiste producto de café y una noche
literaria.